“Si el amor no te está brindando
libertad, entonces no es amor”, dijo el maestro espiritual indio Osho. Y no le
falta razón, específicamente para un gran número de personas cuya única “pesada
cadena” es la de tener parejas sentimentales de su mismo sexo, a pesar de
poseer el mismo amor, cariño, respeto, tolerancia, nivel de comunicación y, por
qué no, peleas y discusiones, de una pareja heterosexual cualquiera. Entonces,
siendo dos seres humanos racionales, ¿por qué hay que verlos como una lacra
social, mirarlos de la peor forma ante una inesperada muestra de afecto,
impedirles casarse y formar una familia? En síntesis, ¿imposibilitarlos de alcanzar
la felicidad?
Particularmente, el matrimonio
homosexual ha generado gran controversia ya que, para algunos, es totalmente
inconcebible que se dé entre dos personas del mismo sexo, citando en su defensa
desde la Constitución hasta la misma Biblia. Refiere el artículo 5: “La unión estable de un varón y una mujer, libres de impedimento matrimonial, que forman un
hogar de hecho, da lugar a una comunidad de bienes sujeta al régimen de la
sociedad de gananciales en cuanto sea aplicable.”(Constitución Política del
Perú, 1993). En ese sentido, es deber del Estado defender esta institución; sin
embargo, la especificación del inicio limita el valioso derecho de un gran
número de peruanos a contraerlo, impidiéndoles, como menciona el artículo,
formar una “comunidad de bienes”. Es decir, colaborar formalmente con su país pagando
sus impuestos, realizar compras para un mutuo beneficio, incluso crear un
negocio juntos. En ese sentido, desde el plano legal, de aprobarse el matrimonio entre personas
homosexuales se contaría con los mismos derechos y deberes, reforzando su inocuidad
ante la sociedad así como la libertad que toda persona goza por naturaleza, y
no alentando alguna preferencia sexual, como se podría argüir.
En lo referente al matrimonio
basado en las religiones el tema es complicado y muy polémico, debido a que contradice
a muchos de los libros que se utilizan como base ideológica. Esto es totalmente
entendible, debido a que para la época en la que éstos fueron escritos las
familias eran dirigidas por el hombre, la mujer era considerada un vulgar
“objeto” sin derechos y los matrimonios eran acordados con anticipación, sin el
consentimiento femenino, por supuesto. Afortunadamente, existió un cambio de
actitud como consecuencia de las revoluciones feministas y el advenimiento de
los hippies, ocurridas en el siglo
XX, por lo que estos libros no deben ser tomados “al pie de la letra”.
Específicamente en la religión Católica, el mensaje de amor de Jesucristo debe
ser extendido hacia cualquier tipo de relación humana, tal como Él lo
propugnaba, así como dejar de lado las perspectivas intolerantes y cerradas de
cierto grupo de la Iglesia.
El amor es un sentimiento tan
complejo e inefable que encasillarlo supondría un acto iluso e inútil. No es
posible, por tanto, acordar un modelo idealizado de familia o pareja
sentimental. Las personas somos libres por naturaleza, con las capacidades
racionales suficientes para tomar nuestras decisiones, elegir nuestras parejas,
formar una familia, criar hijos, y todo si así lo deseamos, siempre y cuando no
afecten los derechos de los demás. Como el matrimonio homosexual no supone tal
cosa, éste debería ser legalizado. Así, no solo se contentaría a una “minoría”,
sino que significaría un gran paso hacia la felicidad humana completa.
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