Juro que hay momentos en los que no lo soporto. No solo es el sol, con sus rayitos metiches que queman y te nublan la vista a su antojo. Qué buen fuera solo eso, te pones en un lugar con sombra y listo. El problema es el sopor. El bochorno, o como quieran llamarlo. No lo soporto. Y mucho menos ahora, que tengo clases todos los días, y los lunes y martes incluso me quedó hasta la tarde. Fatal, peor que sauna aunque nunca he ido a alguno.
En serio. Cada minuto tengo que sacar lecturas o separatas de mi mochila, especialmente las más gruesas, y abanicarme con furia y descaro. El profe me mira pero no dice nada. Qué le queda, oponerse o burlarse sería inhumano, ignorante y necio de su parte. Incluso él no lo soporta pues observo que a cada rato se dirige a la puerta y se queda un toque al lado, recibiendo la máxima brisa fresca posible y tratando de almacenarla o por lo menos guardar su dulce recuerdo. Es que es INSOPORTABLE.
Y no soy el único; todos mis compañeros lo hacen, con ganas y como si en ello se les fuera la vida. Abren las ventanas, pero nada. Y el salón no ayuda; solo cuenta con una puerta y no cuenta con ventiladores ni aire acondicionado. Bueno, qué más podría esperar, tampoco es una particular. Pero cuánto extraño estar en una en esos momentos.
Escuché que la temperatura en Lima llegaría hasta los 35°C. Espero que eso suceda a partir del 20, cuando estas tortuosas sesiones académicas concluyan finalmente.
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