La mañana no estaba soleada, lo que nos convenía mucho a todos. Llegué con un ligero retraso, 15 minutos, aunque los alumnos no estábamos completos y el profesor solo explicaba a un pequeño grupo. El escenario era el mismo que los dos últimos lunes: a 10 minutos de la puerta principal de la universidad, caminando entre laboratorios olvidados y chacras en producción se llega a un amplio espacio abierto. Pequeñas partes de jardín rodean un reservorio de agua turbia, protegida con geomembrana, por lo que se le conoce como "la laguna". Esta se encuentra frente a una colina de mediana altura, denominada " el cerrito" para mayor comodidad al referirse a ella. Se encuentra en el medio y corona todo el espacio, y desde su cima es posible apreciar gran parte del campus universitario, así como los edificios de los alrededores. En sus faldas se intercalan depósitos donde se realiza el proceso de compostaje, así como grandes invernaderos, protegidos con mallas por lo que no es posible apreciar su interior. Un detalle que resalta a la vista es una mano tallada en madera, que se ubica muy cerca al cerrito, como si estuviera asiendo algo.
El profesor explicaba la rutina del día, que involucraba una vez más al protagonista del curso: el teodolito. Este instrumento, muy parecido a un microscopio móvil, se ubica sobre un trípode y es muy útil para determinar distancias entre puntos, así como las diferencias altitudinales. Para ello se vale de las miras, que son tablas de madera numeradas que son colocadas en el punto a medir por un miembro de la brigada (así se llama a los grupos de la clase) de forma vertical. La misión: realizar un levantamiento topográfico, tomando el mayor número de detalles posibles del espacio y con un mínimo de 25 puntos tomados por cada integrante. Vaya lunes.
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