Conocí a Carlos por Grindr, o como caletamente la denomino, la "aplicación del pecado". Iniciar una conversación por esta app es muy sencillo, solo pinchar el perfil que más te atraiga y mandarte con las clásicas preguntas: ¿qué buscas? Opc? Sexo te va? y así. En fin, cada uno sabe lo que puede encontrar ahí, por lo que ello no debe sorprender a nadie.
Pero vaya que sí me sorprendió este chiquito. Carlos empezó saludándome y haciéndome las típicas preguntas, pero su perfil no me convenció y le dejé de hablar al poco tiempo. Un mes después aproximadamente me vuelve a buscar conversa, por lo que inferí que no se acordaba que ya habíamos establecido un contacto previo. Inició como de costumbre y luego siguió el intercambio de fotos de rigor (ya que la gran mayoría de usuarios de esta aplicación no coloca su foto de cara como imagen pública, ya saben, para mantener su estatus de "caletas"). Tras enviarle las mías, cuidadosamente seleccionadas para dar la mejor impresión, Carlos se emociona y aprovechando el anonimato se lanza con todo tipo de piropos y galanterías que, personalmente, me gustan y a las que no estoy acostumbrado: "qué churro csm! Lindo! Guapísimo!" Sin pecar de soberbio ni ingenuo, este floro barato me lo habían dicho muchas veces, pero este peculiar entusiasmo y el énfasis que le ponía prendió mi curiosidad. En fin, una cosa llevó a la otra e intercambiamos Whatsapps.
Conversábamos seguido, puras trivialidades con el solo objetivo de no perder la comunicación pero sin un interés verdadero por lo que dice la otra persona. Al menos así lo veía al inicio. El niño no paraba de hacerme la conversa a pesar de mostrarme demasiado cortante en muchas oportunidades, pero su persistencia claramente era superior y la conversación renacía. Hasta que en una ocasión me propuso quedar para salir y conocernos finalmente en persona. Acepté y acordamos citarnos, tras dar algunas sugerencias de lugares y actividades para hacer, en un restaurante frente a Molina Plaza el feriado de Santa Rosita de Lima.
A medida que se acercaba el gran día, Carlos no paraba de hacerme notar su nerviosismo con la "cita" (hace tiempo no usaban esa palabra cuando alguien salía conmigo) e incluso nos jodíamos sobre lo que me llevaría para esa fecha: rosas? bombones? un peluche? Mis emociones en esos días previos, tal y como lo comprobé en la cita, eran de incertidumbre, una gran curiosidad por este chico que emanaba ternura e inocencia con cada conversación que teníamos.
Miércoles 30 de agosto. Horas antes del momento acordado para el encuentro Carlos no paraba de wasapearme cuando se alistaba, se cambiaba y lo emocionado y nervioso que se sentía. Inevitablemente me pasó un poco de ese nerviosismo típico que acompaña a todo primer encuentro, a pesar que lo tengo cada vez más controlado. Llego a las 4pm al Starbucks de Molina Plaza, puntualito y vestido de la manera más casual que pude. Carlos llegó con 10 minutos de retraso, pero al verlo eso no me importó. Es un chico de tez blanca, 1.75, una carita de bebe que derrite a cualquiera y estaba pulcramente vestido con un pantalón beige y una chompa que dejaba notar un cuello de camisa. Y lo más importante, en sus manos tenía una bolsa de regalo con una caja de bombones, un detalle que JAMÁS alguien me había hecho en una primera cita. "Espero que te guste", me dijo. "Me encantas", pensé.
Sin más nos encaminamos al restaurante, al frente del centro comercial. Lo cierto es que no pudimos llegar en una mejor hora. La terraza se encontraba vacía, con excepción de un par de parejas de señores, y los mozos se encontraban desocupados y dispuestos a atendernos con rapidez. Carlos se pidió una Cusqueña y yo un agua mineral. Él me conminaba a pedirme un trago, aprovechando que el lugar tienes promociones de chilcanos y macerados (mis favoritos, por cierto), pero reflexioné y decidí tener mi primer acercamiento con este chiquito con mis 5 sentidos puestos.
Sin dar mayores detalles, la conversación que tuvimos abarcó temas muy variados y que nos preocupaban a ambos: nuestros planes en el campo académico, el estado de la relación con nuestros padres, nuestra primera vez, nuestras simpatías políticas, una que otra anécdota graciosa... y la salida del clóset. La mía, claro, porque él era "caleta", que se cagaba de miedo de que sus amigos se enteraran de su orientación sexual, que no soportaba ni un abrazo por parte de un chico (eso lo descubrí un poco más tarde). Un pico? Ni mencionarlo, te separaba con cierta brusquedad y te dirigía una mirada mezcla de asco, enojo y sorpresa (eso también lo descubrí más adelante).
Las bebidas se acabaron, así como los temas de conversación, por lo que pagamos (cada uno su parte, por supuesto) y salimos a la noche molinense. "¿Y ahora qué hacemos?" me preguntó. Le dije que vayamos a caminar, a buscar un parque de esos que taanto abundan en La Molina. No fue difícil encontrar uno. Elegimos una banca y nos sentamos rodilla con rodilla, mientras las familias paseaban frente nuestro de lo más relajadas. Relajados ellos, Carlos no lo estaba para nada. Me rehuía la mirada, movía su pierna insistentemente, tartamudeaba en algunos momentos, resoplaba, suspiraba, incluso me pareció que sudaba. Yo estaba realmente extrañado por este comportamiento, pero a la vez tengo que reconocer que me transmitió mucha ternura.
Esa noche nuestro máximo contacto físico fueron un par de fuertes abrazos y algunos minutos en los cuales nuestras manos se sostenían. Para ambos casos la iniciativa fue mía, algo que aún hasta ahora me sorprende porque yo soy la persona más chupada del mundo. Pero en ese momento las ganas de estrecharlo en mis brazos pudieron más, así hayan sido solo 10 segundos. No interesa.
La hora avanzaba y llegaba el momento de la despedida ya que tenía clases al día siguiente (el colegio no perdona. Espera... ¿dije colegio?). Yo no tenía mayor apuro pero el frío de la noche estaba en aumento y ya extrañaba mi casita. Así que caminamos de vuelta a Molina Plaza, esperé a que llegara su Uber y lo despedí con un abrazo. Cortito nomás, el típico de los patas machos.
Mientras caminaba al paradero, sentía que me ilusionabade nuevo.
Sin dar mayores detalles, la conversación que tuvimos abarcó temas muy variados y que nos preocupaban a ambos: nuestros planes en el campo académico, el estado de la relación con nuestros padres, nuestra primera vez, nuestras simpatías políticas, una que otra anécdota graciosa... y la salida del clóset. La mía, claro, porque él era "caleta", que se cagaba de miedo de que sus amigos se enteraran de su orientación sexual, que no soportaba ni un abrazo por parte de un chico (eso lo descubrí un poco más tarde). Un pico? Ni mencionarlo, te separaba con cierta brusquedad y te dirigía una mirada mezcla de asco, enojo y sorpresa (eso también lo descubrí más adelante).
Las bebidas se acabaron, así como los temas de conversación, por lo que pagamos (cada uno su parte, por supuesto) y salimos a la noche molinense. "¿Y ahora qué hacemos?" me preguntó. Le dije que vayamos a caminar, a buscar un parque de esos que taanto abundan en La Molina. No fue difícil encontrar uno. Elegimos una banca y nos sentamos rodilla con rodilla, mientras las familias paseaban frente nuestro de lo más relajadas. Relajados ellos, Carlos no lo estaba para nada. Me rehuía la mirada, movía su pierna insistentemente, tartamudeaba en algunos momentos, resoplaba, suspiraba, incluso me pareció que sudaba. Yo estaba realmente extrañado por este comportamiento, pero a la vez tengo que reconocer que me transmitió mucha ternura.
Esa noche nuestro máximo contacto físico fueron un par de fuertes abrazos y algunos minutos en los cuales nuestras manos se sostenían. Para ambos casos la iniciativa fue mía, algo que aún hasta ahora me sorprende porque yo soy la persona más chupada del mundo. Pero en ese momento las ganas de estrecharlo en mis brazos pudieron más, así hayan sido solo 10 segundos. No interesa.
La hora avanzaba y llegaba el momento de la despedida ya que tenía clases al día siguiente (el colegio no perdona. Espera... ¿dije colegio?). Yo no tenía mayor apuro pero el frío de la noche estaba en aumento y ya extrañaba mi casita. Así que caminamos de vuelta a Molina Plaza, esperé a que llegara su Uber y lo despedí con un abrazo. Cortito nomás, el típico de los patas machos.
Mientras caminaba al paradero, sentía que me ilusionaba
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